“Con los años aprendí que el discipulado no empieza con “hacer”, sino con “ser”… “lo más transformador… es la relación que cultivamos con Jesús. Porque de esa relación nace todo lo demás. Cuando él ocupa el centro, el hacer fluye como fruto natural de lo que somos en Él”.
En
este capítulo el autor pone a Jesús como ejemplo al mostrarnos como el
discipulado que ejercía lo hacía desde una relación de vida compartida,
de cercanía. Jesús llamó a sus discípulos a caminar con Él y allí pudieron
observar como hablaba, cómo trataba a las personas y cómo enfrentaba las
pruebas.
En
nuestro tiempo esta “vida compartida” debe comenzar en el hogar donde Dios
tiene que hacerse presente en lo cotidiano, también en el lugar de trabajo,
donde algunos pasan la mayor parte del tiempo y en la comunidad, no sólo
reuniéndonos puntualmente sino aprovechando lugares como cafés o parques para
poder leer la Biblia y orar juntos (esta propuesta ya la estamos practicando en
nuestra iglesia La Campiña, creando espacios de comunión y compañerismo
cristiano).
El
autor desarrolla el concepto del mentor y aprendiz que se expresa en la
relación entre quienes ya han caminado con Cristo por más tiempo y quienes
están comenzando.
El
mentor no tiene que ser un “experto” sino alguien humilde que decide acompañar
a otros en el camino de la fe y ser ejemplo de vida, enseñar con paciencia,
corregir en amor, animar y afirmar. Por otra parte, el aprendiz debe tener
disposición de aprender (ser “enseñable”), estar dispuesto a obedecer (y no
solamente oír), mostrarse transparente a la hora de compartir sus luchas, dudas
o fracasos y también tiene que estar dispuesto a discipular a otros… el
aprendiz que se convierte en mentor.
Hay
algunos desafíos en nuestro tiempo para la práctica de este tipo de discipulado
y el autor los resumen en: falta de tiempo, cultura de la independencia,
idealización (no hay mentores perfectos) y el miedo a abrir la vida y ser
juzgados por ello.
A
pesar de estos obstáculos el volver a este modelo (modelado por Jesús en primer
lugar) es un acto contracultural y necesario porque solo con relaciones
auténticas el discipulado podrá recuperar su poder transformador.
Video de Felipe Echeverri desarrollando este capítulo:


No hay comentarios:
Publicar un comentario